Descubrimiento y nueva cruzada: renacimiento del imperialismo romano
El siglo XV marcó el inicio de una nueva era en la historia de la humanidad. El descubrimiento de América por parte de los europeos abrió las puertas a un mundo desconocido, lleno de riquezas, culturas y desafíos. Al mismo tiempo, el Renacimiento floreció en Europa, recuperando el legado de la antigüedad clásica, especialmente el de Roma, y dando lugar a una explosión de arte, ciencia y pensamiento.
Pero este proceso no fue pacífico ni inocente. Detrás del descubrimiento y el Renacimiento se escondía una nueva cruzada, una nueva forma de imperialismo, que pretendía imponer la fe, la cultura y el poder de Europa sobre el resto del mundo. Una cruzada que se inspiraba en el modelo de Roma, pero que lo adaptaba a los intereses y las circunstancias de la época moderna.
El descubrimiento de América no fue solo una aventura geográfica, sino también una empresa religiosa y política. Los reyes católicos de España, que acababan de expulsar a los musulmanes de la Península Ibérica, vieron en el Nuevo Mundo una oportunidad de expandir su reino y su fe. Con el apoyo del papa Alejandro VI, que les concedió el derecho exclusivo de conquistar y evangelizar las tierras americanas, los españoles iniciaron una campaña de exploración, colonización y conversión, que no tuvo en cuenta los derechos ni las creencias de los pueblos originarios.
Los españoles se consideraban los herederos de Roma, y así lo demostraron en su forma de actuar en América. Adoptaron el sistema de encomienda, que consistía en otorgar a los colonos el control de un territorio y de sus habitantes, a cambio de protegerlos y catequizarlos. Este sistema, que se basaba en el antiguo modelo romano de patronato, en realidad encubría una explotación brutal y una esclavitud encubierta. Los españoles también imitaron a los romanos en su afán de construir ciudades, caminos y monumentos, que reflejaran su gloria y su dominio.
Pero los españoles no fueron los únicos que se inspiraron en Roma para justificar su expansión imperial. Otros países europeos, como Portugal, Francia e Inglaterra, también se lanzaron a la exploración y la conquista de otros continentes, como África y Asia, compitiendo y enfrentándose entre sí por el control de los recursos y los mercados. Estos países también se basaron en el derecho romano, que les permitía reclamar la soberanía sobre las tierras que descubrían o que ocupaban por la fuerza. Así, el derecho romano se convirtió en el instrumento jurídico del colonialismo europeo.
El Renacimiento de Europa no fue solo un movimiento cultural, sino también una expresión de poder y de identidad. Los europeos, que se sentían superiores al resto del mundo, buscaron en el pasado clásico una fuente de inspiración y de legitimación. El Renacimiento recuperó el arte, la literatura, la filosofía, la ciencia y la política de la antigüedad grecolatina, especialmente de Roma, y los adaptó a las necesidades y los gustos de la época moderna.
Los europeos se identificaron con Roma, y así lo manifestaron en su forma de crear y de vivir. Imitaron el estilo arquitectónico, escultórico y pictórico de los romanos, y lo utilizaron para embellecer sus ciudades, sus palacios y sus iglesias. Copiaron los modelos literarios, filosóficos y científicos de los romanos, y los emplearon para escribir sus obras, para reflexionar sobre el mundo y para investigar la naturaleza. Adoptaron las instituciones políticas, jurídicas y religiosas de los romanos, y las aplicaron para organizar sus estados, para administrar la justicia y para difundir el cristianismo.
Pero los europeos no solo se inspiraron en Roma, sino que también la transformaron. El Renacimiento no fue una simple imitación, sino una reinterpretación y una innovación. Los europeos no se limitaron a copiar el legado romano, sino que lo enriquecieron con sus propias aportaciones y con las influencias de otras culturas. El Renacimiento no fue una vuelta al pasado, sino un paso hacia el futuro.
El descubrimiento y el Renacimiento fueron dos caras de una misma moneda, que revelan la complejidad y la ambigüedad de la historia de Europa y de su relación con el resto del mundo. Una historia que no puede ser contada desde una sola perspectiva, sino que requiere de una mirada crítica, decolonial y genealógica, que reconozca la diversidad, la pluralidad y la alteridad como elementos constitutivos de la humanidad.
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